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De algunos de los pequeños no nacidos
que llegan al paraíso, uno era especialmente inquieto, muy activo y un tanto
travieso, a quien llamaron Cail.
Como le gustaba jugar entre las
nubes, se le dio la misión de cuidarlas y categorizarlas según su tipo. Así, en
los días soleados creaba cúmulos o estratificados[1]
y en los días lluviosos nimbos o cirros[2]. Su trabajo se volvió tan
popular que pasó a ser conocido como el lustrador de nubes. Sin embargo y luego
de muchos años en el oficio, dejó la diversión a un lado para dar paso a la
rutina.
Un buen día, mientras creaba cirros, una inesperada ventisca lo arrastró
con tal fuerza, que no pudo mantenerse en el aire y cayó. Daba la casualidad de
que por el lugar cruzaba la pequeña Lili, quien se llevó una enorme sorpresa
cuando un jovencito con alas le cayó encima.
—Auch—dijo la pequeña.
—Lo siento―dijo el lustrador.
―Oh, eres un ángel―exclamó la pequeña al ver las alas de Cail.
—Sí, soy un ángel—dijo el lustrador—, uno muy especial. Me llamo Cail,
pero mis amigos me dicen El lustrador de nubes.
—¡Impresionante!—aplaudió la niña.
―Así es―respondió Cail con orgullo.
—¿Y qué hace exactamente un lustrador de nubes?—preguntó Lili.
Cail señaló la primera nube a la derecha.
—Yo les doy forma—aseguró—. Durante el atardecer las disperso y las
aplano, mientras que en los días de tormenta las hago fuertes y las tiño de
gris.
—¡Qué divertido!—exclamó Lili—¡Yo también quiero ser una lustradora!
Pero a Cail no le gustó la idea.
—Es un trabajo muy serio—afirmó—, no cualquiera puede hacer cielos
perfectos. Debes conocer el teorema de la lustración y aplicar la teoría de la
esponjosidad que mejor se acomode al contorno de luz…
Y continuó hablando en una terminología incomprensible para Lili, quien cansada
de escucharlo se sentó en el pasto y se puso a jugar con su muñeca.
Cuando Cail notó que la niña lo ignoraba se enojó muchísimo y salió
volando de ahí; o eso quiso hacer, porque después de la caída ya no pudo seguir
volando.
Al verlo, Lili se interesó nuevamente e intentó ayudarlo, pero ya que
nunca había tenido alas, tampoco supo cómo podía hacer para que volvieran a
funcionar.
Finalmente, los dos desistieron y decidieron sentarse a la sombra de un
frondoso árbol. Allí compartieron muchas historias y pronto se hicieron amigos.
Aquella tarde jugaron y rieron tanto que hasta se olvidaron del hecho de que Cail
no podía volar.
Ya cansados de juguetear se echaron a dormir.
Al rato, Lili sintió que la llamaban y despertó asustada. Tuvo que abrir
muy bien los ojos para darse cuenta de que Cail ya volaba otra vez.
La niña saltó de alegría. Saltó tan alto que ya no volvió a sentir el
suelo, porque Cail la cargaba en sus brazos y se la llevó a un sitio lejano, muy
muy alto, por encima de las nubes.
Como alguna vez se las imaginó, estas eran suaves
y frías, pero también dulces, como el algodón de azúcar. Lili y Cail rieron a
carcajadas y se dejaron caer entre las nubes como si estas fueran almohadas.
—Hoy me divertí mucho—le dijo la niña.
Al escucharla, Cail se puso triste, porque sabía que no podían seguir
jugando, debía volver al trabajo.
Lili lo entendió y descendieron nuevamente hasta la tierra. Al llegar, volvieron la vista hasta la nube de la que habían venido. Qué extraña se veía,
no era como las otras nubes, planas y alargadas.
―Es como un cerdito―dijo Lili.
Pero el lustrador zarandeó la cabeza de lado a lado.
―Claro que no―dijo ―, parece más bien un caballo.
Y de repente se le ocurrió una idea estupenda.
De ahora en adelante haría nubes con formas de animales, de cosas y de
personas.
―Te dibujaré a ti también, Lili―le dijo.
Desde entonces Lili siempre miraba al cielo, esperando ver en él la cara sonriente de un amigo.

