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¿Qué pasa si el niño se niega a crecer?



Si bien es descortés contestar a una pregunta con otra pregunta, he aquí la pregunta que de todas formas haré: ¿tiene derecho el adulto de decirle a un niño cuándo dejar de ser niño?


La respuesta corta es no. Nadie, absolutamente nadie tiene el derecho de robarle la infancia a otro.


¿Recuerdan el momento exacto en el que se dieron cuenta de que ya no eran niños? Probablemente. Yo lo recuerdo, sé que en algún momento dejé de ser niña y adolescente y, cuando comencé a aceptar que así serían las cosas, me sentí mejor conmigo misma, pues fue una decisión propia, no algo que me haya sido impuesto.


Pero estoy segura de que a diferencia de mí algún niño se habrá encontrado solo con la responsabilidad de cargar una familia, bien por ausencia de un padre, una madre o por la interrupción de un tercero que rompa ese equilibrio.


Como ejemplos se pueden enunciar muchos, pero para no irnos al extremo de lo traumático, mencionaré el caso de una familia pobre y numerosa. No es extraño que el hermano mayor o el que le sigue en turno termine haciéndose cargo de sus hermanos más pequeños. Cuando este niño observa a otros que no tienen esta limitante piensa cosas como, "quiero ser así", "quiero estar allí", o simplemente que no es justo. En otras palabras, comienza a anhelar una libertad que no puede permitirse.


Algunos de estos casos provienen de personas ejemplares, que logran salir adelante junto a su familia. Y no voy a discutir lo buena que me parece esta actitud, pero creo que deberíamos tomarnos la molestia de mirar el proceso y el sacrificio que eso conlleva.


Aunque ese hermano mayor logre salir adelante, los años de su infancia no volverán. En otras palabras, tan solo por el hecho de que ese niño tenga la capacidad de cambiar su situación, no significa que debamos premiar la ausencia de los padres en su cuidado. Una cosa es la responsabilidad que se les adjudica a los hermanos mayores­­­, que a estas alturas debería ser replanteada, a que el hermano mayor deba hacer de reemplazo de una figura paterna o materna.


Ningún niño tiene por qué hacer el trabajo que le corresponde a un adulto, repito, ninguno. Si un padre ha decidido tener uno o más hijos, debe asumir la responsabilidad que esto sobrelleva, lo que implica más sacrificio y esfuerzo. El hermano mayor debe ser un apoyo, mas nunca un reemplazo de la figura paterna.



Esto puede traerle consecuencias nefastas a la familia o al propio niño, ya que así como existe el joven que es capaz de superarse y salir adelante, existe el joven que no lo logra, porque cada circunstancia es única y especial.


Algunos padres se sorprenden ante el repentino cambio de actitud que manifiesta su hijo al llegar a la adolescencia. Piensan que el niño que es bueno seguirá siempre así, incluso después de crecer.


De pronto, les surge la necesidad de encontrar una causa y entonces la encuentran en supuestas "malas influencias". La misma farándula de crianza les ha hecho creer que el cambio de actitud se debe siempre a un factor externo, como un amigo, en lugar de replantearse si eso viene de adentro.

Está el caso de los padres del no, que ya analizamos en artículos como El arte de criar a niños como si fueran adultosy del cual solo haremos un comentario: cuando la respuesta a todo siempre es no, en algún momento el joven buscará lugares donde la respuesta sea sí. Y estos lugares, aunque no siempre sean los más beneficiosos para él, no necesariamente son la causa del problema.


Es simple, el niño que siempre es bueno, pero nunca recibe un gracias por su trabajo, se cansa de serlo. Hay padres que celebran los logros como si fuesen obligaciones. Debes sacar buenas notas porque es tu obligación, debes cuidar de tu hermano porque es tu obligación, debes, debes, debes. Pero se olvidan de la recompensa, de las motivaciones, de las metas.


En este punto los niños son como los animales, si les enseñas por la fuerza se asustarán y harán las mismas cosas a tus espaldas o terminarán sacando su lado más salvaje y te atacarán. Mientras que, si les enseñas mediante un sistema de recompensas, tanto el niño como el perro entenderán que las cosas buenas valen la pena y empezarán a elegir ese camino.


Lo mismo ocurre con los adolescentes. Los padres dicen "está teniendo su etapa rebelde", es normal, hay que dejarlo. Pero aunque no lo crean los adolescentes no son tan distintos de los niños.


Los adultos creen que el hecho de que sean mayores y que "ya comprendan ciertos temas" les da el derecho de tratarlos con rudeza o con simple indiferencia.



Ante esta situación, el padre pierde el control completo sobre su hijo, porque el chico que fue fácil manipular en la infancia, en la adolescencia no lo será tanto. Esto se puede identificar fácilmente cuando hay excesos, fiestas, alcohol, drogas o sexo desenfrenado. En estos eventos resulta más complicado para los adultos obtener un cambio de actitud de parte de sus hijos, porque el joven buscará aceptación donde nunca la tuvo en casa. Esta persona, que ha perdido su infancia, se refleja ahora con comportamientos infantiles y cuando digo infantiles no me refiero a jugar con juguetes, me refiero a que mantienen actitudes muy inmaduras, incluso para gente de su edad, como portarse mal en clases, faltarle al respeto a un adulto o cometer actos de acoso escolar.

En este punto los padres no pueden pretender "corregir" una conducta que cobijaron desde que eran pequeños. De hecho, no es gracias a ellos, sino a la intervención de una tercera persona- bien de la familia o no- que el adolescente logra superar esta etapa.


Cuando los jóvenes problemáticos no son intervenidos terminan convirtiéndose en delincuentes y ya para cuando logran entender las consecuencias de sus actos es muy tarde.


Sin embargo, si bien en algunos casos el repentino cambio de actitud de un adolescente tiene su origen en su infancia, como los ejemplos que ya planteamos, en otros esa "mala actitud" proviene de un desequilibrio en la vida del joven, un divorcio, la muerte de un ser querido y sí, un factor externo.


Por ejemplo, algo tan simple y tan común como las deudas puede generar estrés en los jóvenes. Recuerdo todavía la impotencia que me acongojaba a mis dieciocho años cuando atravesamos dificultades económicas en mi casa. Me sentía demasiado joven para poder controlar la situación y demasiado mayor para no hacer nada. En ese momento mi deseo era crecer rápido y graduarme para poder ayudar a mi familia. Tampoco era raro que me sintiera un estorbo y pensara en mí como en un sinónimo de perder dinero. Probablemente esto haya tenido una afectación en mi actitud, ya que mantenía más enojada o más distante, pero fue algo temporal.


Cuando las desgracias vienen, no vienen solas; no hay mejor dicho que ese. Si el chico ve angustiados a sus padres con problemas típicos de toda familia, lo último que desea es angustiarlos con preocupaciones o problemas propios. Me está yendo mal en mi estudio, conocí a un tóxico o tóxica, alguien me está acosando, etc.


Mantenemos esas cosas en secreto porque no queremos generar una preocupación más a nuestro seres queridos, pero en contra peso nos portamos mal con ellos porque no nos es posible guardar el equilibrio, porque lo que se presiona por un lado saldrá por otro.


Este silencio constituye toda una odisea para los padres, en especial para aquellos que se acostumbraron a ocultar sus propios problemas. Si no saben cómo desahogarse con sus hijos, sus hijos probablemente nunca sepan cómo desahogarse con ustedes. Y ocurre mucho. A mí todavía me cuesta destaparme con mis padres, aún con 25 años encima.


Saber comunicarse es una de las cosas más difíciles de la vida y para estos casos los padres no saben cuánto alivio nos producen nuestras amistades. Si sabemos elegir en quién confiar podremos desahogarnos sin sentirnos juzgados.



De cualquier manera, es fundamental que los adultos estén allí para investigar las causas de una mala actitud y no pretender que esta "va a desaparecer" por sí sola.


Desde que mi mamá dio el paso de hablarme y contarme sus preocupaciones me siento más confiada en hablarle de las mías y nuestra relación se hizo más estrecha.


La idea tampoco es presionar al adolescente para que nos cuente sus problemas, eso es acoso. Los hijos necesitan su espacio. Sí los padres buscan espacios para respirar de sus hijos, los hijos también necesitan momentos para respirar de sus padres. Lo mejor es demostrarles que pueden confiar en ti y, en especial, que no vas a juzgarles. Solo intenta entenderlos, pregúntate antes si fuiste un santo en tu adolescencia. Pero sobre todo, como adultos aceptemos que cometemos errores y pidamos disculpas.


Nunca olvidemos que un niño siempre debe actuar como un niño y lo mismo ocurre con un adolescente. Los adolescentes no son adultos, son también niños, solo que más peludos, barrosos y de peor humor.


Pero por más problemas que se vivan en casa o por más factores externos que nos afecten, los adultos debemos asegurarnos de que los chicos disfruten de su infancia al máximo. No los carguemos de problemas y responsabilidades de adultos, hacerlo, nos convierte a nosotros en irresponsables. No estoy diciendo que debamos darles libertad ilimitada, pero aquellos límites que impongamos deben ser planeados de acuerdo con su edad.


Y si eres un adulto y aún te gusta hacer lo que te hacía feliz en tu infancia sigue haciéndolo, porque el mejor adulto es aquel que valora a su niño interno.





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