Ayer
le decía a un amigo «cálmate un poco, solo tienes 18 años, no tienes que pensar
como un adulto de 25». Estaba claramente estresado porque los adultos con los
que vive no hacen otra cosa más que criticarlo.
Eso
me recordó a mi yo de 18 años, cuando me sentía demasiado joven para
hacerme responsable por mi familia y a la vez demasiado mayor para no hacer nada por
ella. Mi familia atravesaba por una crisis económica en aquel entonces y yo no podía
dejar de sentirme culpable, pues era consciente de que la mayor parte de los gastos se debían en mí y al costo de mi vida universitaria.
Era
tan fuerte esa sensación que decidí buscar trabajo. No fue fácil y al final
renuncié a ello. Estudiaba en otra ciudad y viajaba los fines de semana, por lo
que solo podía aceptar un trabajo de sábados y domingos. Me animé a entrar en un puesto
de perfumes, pero el dueño me dijo que era muy joven para estar ahí, sin contar con que no tenía experiencia trabajando y que además era extremadamente tímida.
Sin
embargo, mis padres nunca me presionaron para buscar trabajo, ni para salirme
de la universidad. Al contrario, me pidieron que no me estresara y que mejor me esforzara
en mis estudios, así que eso hice, me dediqué por completo a ello.
No
todos los padres hacen eso, pero sé bien que no siempre se puede salir adelante ante
una crisis financiera.
A lo que quiero llegar es que no está bien imponer cargas excesivas en una persona que recién se
inaugura como adulto.
En
una sociedad correcta el joven de 18 años debe ser un irresponsable. Si no es en
ese momento, ¿entonces cuándo? ¿Esperamos a tener 30 para hacer las cosas que
queríamos hacer a los 20?
En
verdad creo que es la edad perfecta para equivocarnos, para aprender de
nuestros errores, para gastar el dinero en tonterías y enamorarnos como si no
hubiese mañana. No estoy diciendo que eso signifique dañar nuestro cuerpo,
meternos drogas o violar la ley, pero en definitiva a esa edad nadie tiene por
qué convertirse en el sustento de su familia.
Por
supuesto que admiro a la gente que lo hace y que lo ha hecho, porque logran lo
que yo no pude lograr. Pero ese esfuerzo conlleva un sacrificio enorme y es ahí
cuando conoces al tipo o a la tipa que se siente un fracaso porque a los
veintitantos no ha logrado obtener un título universitario.
Muchas
veces han intentado juzgarme a mí por “tener suerte” de contar con una familia
que sufragara mis gastos. Mi exnovio, por ejemplo, pretendía hacerme sentir
avergonzada de este hecho, pero yo no siento que sea algo de lo que deba
avergonzarme, porque me esforcé por estudiar, por aprender, por sacar buenas
notas, pero también aproveché el tiempo para hacer amigos, para ir a fiestas,
meterme en clubes e intentar cosas nuevas.
Recordar
mis años universitarios es recordar mis mejores años, pero soy consciente de
que no todos pueden decir lo mismo. Entre mis propios compañeros había quienes
se mataban trabajando para pagar su carrera, una doble vida que luego se veía reflejada
en sus calificaciones. Mientras tanto, otros desperdiciaban el tiempo y el
dinero de sus padres faltando a clases o dejando de lado sus quehaceres.
Soy afortunada,
lo sé y me pone mal pensar que, en algún lado, existirá un joven con mucho
potencial que no puede estudiar porque su familia no cuenta con los medios para
pagar sus estudios.
No creo
que sea justo, no creo que esta sociedad lo sea, pero no puedo cambiarlo. Sin embargo,
hay algo que como adulta puedo hacer y es intentar crear un mejor futuro para
ellos.
No se
trata de decir: “trabaja para estudiar”. Sino: “estudia para trabajar”.
Si yo
fui elegida para ser profesional, como profesional debo hacer un buen trabajo,
esa es mi responsabilidad.
Al
mismo tiempo, si mi tarea es ser padre de familia, mi mayor responsabilidad es
sacar adelante a mis hijos y no al revés. Eso de que haya jóvenes trabajando
para pagar sus estudios o para sostener económicamente a sus familias debe ser
siempre la excepción.
Pero
por sobre todo, basta de críticas.
No podemos
poner en los chicos más presión de la que ya tienen, no podemos privarlos de su
juventud, ni es correcto obligarlos a pasar por el mismo estrés por el que
pasamos nosotros. La sociedad ha cambiado, el estilo de vida ha cambiado y la
juventud se ha extendido.
Ya no
nos convertimos en adultos a los 18. Podemos serlos gradualmente hasta llegar a
los treinta. Mientras tanto, pensemos que estos primeros años de juventud no
volverán y se deben disfrutar.
A los
padres de mi amigo les hace falta mayor empatía. Sé que él da su mayor esfuerzo
por complacerlos, por trabajar en lo que estudió y poder emprender en lo que le
gusta. Aun así, no recibe un “gracias”, un “lo haces bien”, un “puedes hacerlo”.
Yo
me pregunto, ¿cuánta presión más debe soportar un chico de solo 18 años?
Si sus
padres no pueden seguir pagando su carrera, al menos deberían ser capaces de
apoyarlo en lo que sea que haga y confiar en él. No es justo que además de la
presión por no poder completar sus estudios deba aguantar las críticas sobre su
estilo de vida.
Seamos
conscientes de que mientras el joven crece, como adultos debemos facilitarles
los medios para hacerlo correctamente. La carga, el exceso y el estrés lo
debemos asumir nosotros que ya tenemos un plan de vida iniciado.
No
se trata de entablar una guerra contra una generación más joven, se trata de
ser empáticos. Aun si no entendemos todo lo que compone a las nuevas
generaciones, confiemos en ellas y dejemos los cimientos que les ayudarán a
formar su futuro.
Esa
es nuestra responsabilidad como adultos.