Antes que nada, me gustaría
aclarar una duda existencial: ¿cómo se conjuga el adjetivo de sororidad? ¿Se
dice soridaria o sororidaria? En fin, si alguno lo sabe, hágamelo saber de inmediato.
Ahora sí, sacándome esa inquietud
del pecho, entremos en contexto. Últimamente, se ha formado un pequeño debate acerca
de qué tan solidarias debemos ser las mujeres con otras mujeres. Y todo esto
parte de cierto dicho que todavía reina en la comunidad: la creencia de que “el
enemigo de una mujer es otra mujer”.
Durante mucho tiempo creí que tal
argumento tenía algo de cierto, después de todo, existían mujeres que actuaban
como si su único propósito en la vida fuese tratar mal a las de su mismo
género. Pero luego entendí que en realidad esas mujeres son la minoría y que,
en realidad, existe más empatía y apoyo en nuestra comunidad de la que pensaba.
Educar a una niña haciéndola
creer que debe competir con otras en belleza, feminidad y estilo, fue una conducta
muy común de los siglos pasados. Después de todo, si no encajaban en el molde dibujado
por la sociedad las tildaban de irrespetuosas, vulgares y poco agraciadas. Es
decir, durante años les hicieron creer a esas niñas que “estar fuera del molde”
era malo y que estarlo les daba derecho a los demás a criticarlas sin ninguna
excepción.
Maguer ser mujer nunca ha sido
fácil, no podemos obviar que antes era mucho peor y que al menos hemos
evolucionado como sociedad. Así pues, nuestras abuelas lidiaban con el dilema
de qué tanto debían moderarse. Por
ejemplo, debían ser femeninas, pero con moderación a fin de no caer en la
provocación. Debían ser buenas esposas y al mismo tiempo hacer que sus maridos
fueran buenos esposos.
Parecía que no existía un lado
correcto de la mesa, pues en cada extremo que la mujer decidiera sentarse era
criticada por una u otra razón, así no existiese mayor justificación.
¿Tu esposo es borracho y
violento? La culpa es tuya por permitirlo.
¿Te sientes discriminada y
subestimada en tu trabajo? La culpa es tuya por haber escogido un trabajo para
“machos” y no soportarlo como uno.
¿Has ascendido en tu trabajo? ¿Y
cómo no? Seguro te acostaste con el jefe, porque una mujer bella y bien
presentada no puede conseguir un ascenso con base en sus capacidades.
La sociedad puso a la mujer como
el centro de críticas, como el centro de la culpa y el señalamiento. Para la
sociedad, las mujeres no éramos lo suficientemente bellas, jóvenes, aplicadas,
inteligentes, sensuales y reservadas.
A la vista de los hombres, la
mujer perfecta no existía.
¿Qué sucede hoy en día entonces?
Sucede que todavía hay muchos hombres, pero también muchas mujeres que han
trascendido todas estas creencias a día de hoy, al siglo XXI, de tal manera que
si ven a otras mujeres se mentalizan para la crítica y no para el apoyo.
En mi experiencia personal, la
gran mayoría de mujeres con las que he conflictuado, de una u otra forma están
programadas con ese viejo chip. Por ejemplo, hubo un periodo en el que llegué a
tener dos o tres episodios de cólicos menstruales extremadamente fuertes.
Cólicos que, literalmente, me hacían gritar del dolor.
Como mis padres estaban
preocupados, decidí consultar con un médico, en este caso una doctora. Yo creí
que por ser mujer se pondría de mi lado, pero lo que me dijo fue que yo “me
quejaba demasiado”, porque “los cólicos fuertes eran normales”, que todas las
mujeres los tenían y que ella los tenía y que lo mío no era nada del otro
mundo. No me mandó exámenes, ni me remitió con el ginecólogo y hasta el día de
hoy sigo sin saber a qué se debieron esos episodios.
Mi caso hubiera podido ser peor,
porque esos “dolores” por los cuales hacemos tanto escándalo las mujeres
podrían ser ovarios poliquísticos, quistes ováricos, cáncer o alguna otra tontería
de esas. Porque claro, las mujeres somos histéricas, exageradas y dramáticas.
No podemos ser racionales como los hombres.
Pero antes de juzgar, debo
reconocer que yo también cargué ese chip conmigo durante mis primeros años de
vida. Yo era de las que me comparaba con otras mujeres y buscaba cualquier
pretexto para criticarlas, así fuera en mi mente y con eso darme algo de paz;
pues claro, era más fácil criticar que reconocer que alguien era más bonita o
más inteligente que yo.
A mi también me enseñaron a
compararme y a señalar los rasgos “errados” de otras mujeres. Yo también traté
mal a otras chicas siguiendo esa misma lógica de pensamiento y en especial
cuando consideraba que una mujer estaba de alguna forma “por encima de mí”.
Por fortuna, tuve la dicha de
conocer mujeres increíbles que me hicieron darme cuenta de lo estúpida que era
esa regla. Estar con ellas me hizo entender que no tengo la necesidad de
compararme con nadie, ni ser mejor que nadie. Solo me tengo que preocupar por
estar bien conmigo misma y ser yo sin importar lo que digan de mí.
Mi vida no sería la misma sin el
apoyo de otras mujeres. Mi abuelita, mi madre, mis amigas, mis compañeras de
trabajo, cada una de ellas es increíble a su manera. Y no solo ellas, el apoyo
que he recibido de parte de mujeres desconocidas en todo sentido, también ha
sido lindo.
Ir al médico y que me atienda una
mujer ahora es un placer para mí. Ir al banco y que la cajera sea una mujer me
da más tranquilidad que ver a un hombre. Caminar por la calle y saber que quien
está detrás de mí es una chica y no un chico, me da más confianza y seguridad.
La mayoría de homicidios, la
mayoría de violaciones, la mayoría de secuestros hacia mujeres no son cometidos
por mujeres, sino por hombres. No niego las excepciones, pero las estadísticas
y las matemáticas me están indicando que puedo confiar más en una mujer que en
un hombre, siendo mujer.
Y no, no quiero atacar a los
hombres, ni partir de la idea de que todos son iguales. Eso ya es tema para
otro debate. El punto de este artículo es demostrar que el enemigo de una mujer
no es otra mujer, es el machismo, pues son las mujeres machistas las que atacan
a otras por su condición de mujer.
Son las mujeres que complacen a
los hombres machistas y se crían en sociedades machistas las que menos a gusto
están con las de su mismo género, porque tienden a compararse, o peor aún,
competir por la aprobación masculina.
Son esas mismas mujeres las que
se enemistan con otras mujeres y hacen crecer el dicho que mencioné al
comienzo. Pero en esos casos, no debemos ver mujeres combatiendo con otras
mujeres, debemos ver mujeres combatiendo contra el machismo.
A veces nos sorprende la poca
empatía que recibimos de otras mujeres y nos cegamos tanto, que llegamos a
pensar que el dicho es cierto, cuando en realidad la cantidad de mujeres
soridarias somos más, muchas más.
En internet se ven muchos
ejemplos de sororidad que nos demuestran que somos más las mujeres las que
cuidamos de otras mujeres, que hombres cuidando a mujeres.
Es hora de acabar con ese mito de
que, entre mujeres, no nos soportamos, que no nos llevamos bien, porque somos
enemigas de nuestro género.
Reconozcamos que sí hay
cooperación, que la unión femenina sí existe y que el hermanamiento femenino es
incluso más fuerte que el de los hombres.
Dicho esto, no queda más que
decir que, al ser un tema tan complejo, pero interesante de analizar, escribiré
una segunda parte en donde profundizaré un poco más sobre la sororidad del
siglo XXI.

