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El cuadro



Era una tarde de martes cuando sonó el teléfono. Atendió Paula, Roxana estaba en la otra línea.


—Venderemos la casa—le dijo.


Y una semana después, Paula y su esposo Guillermo se mudaron a ella.


La vivienda era espaciosa y muy bien conservada. Tenía techumbre artesonada y grandes ventanas semicirculares. Contaba con varias alcobas, pero de todas, una les llamó la atención, pues justo al costado izquierdo, se elevaba un cuadro que cubría casi todo el muro. Era el retrato del primer dueño de la casa.


Paula se sintió atraída inmediatamente. La efigie era tan real que parecía que en cualquier momento saldría del cuadro para conversar. Sin pensarlo mucho, lo eligieron como dormitorio.


Una casa antigua, un buen vecindario, un nuevo comienzo. Así lo creyeron, hasta que las noches en vela se volvieron cada vez más constantes. Paula tomó la costumbre de levantarse en la noche para observar los ojos del retrato. Cuando Guillermo extendía la mano sobre la cama y no la encontraba, sabía que la hallaría allí, sentada sobre la madera observándole.


Presumió que, después de todo, el cuadro era el culpable de sus desvelos, así que llamó a un grupo de amigos, instaló una escalera y consiguió un buen comprador. Pero solo bastó con el roce de la escalera para que Paula se echara a llorar.


Pataleando como una niña y emitiendo los aullidos más agudos, ahuyentó a todo aquel que se atreviera a tocar la pintura.


El paso del tiempo no mejoró la situación. El dormitorio se convirtió en una especie de santuario, lleno de velas blancas, frascos de sal y aceite. Además de restos de comida, agua y dulces regados por todo el piso.


El cuarto se rodeó de tanta inmundicia que Guillermo se vio obligado a dormir en el primer piso. No sin antes realizar varios intentos para cambiar su aspecto. Limpió la orina, recogió los frascos sucios y barrió las sobras. Pero tarde o temprano volvían a acumularse.


Pasaron los días, hasta que él simplemente desapareció. Sin dejar notas ni recados, empacó sus ropas y marchó.


A partir de ahí, Roxana se hizo cargo de Paula y la llevó a su casa. La mantuvo limpia, cortó su cabello y la vistió con su ropa. Paula se apartó de la casa, del cuadro y de los ojos negros.


—¡Serán solo dos semanas!—exclamó Roxana un día.


Su casa sería remodelada y necesitaban un lugar para quedarse. Con esfuerzo, Paula alistó su equipaje y se dirigió a su antigua casa.


Cuando llegaron, descargaron el equipaje y casi de inmediato Roxana se dirigió a la cocina. Paula tomó asiento y esperó. Desde la sala sentía el olor de los granos de café molidos, escuchaba las burbujas del agua y las pisadas de Roxana. Cada sonido la mantenía alerta. Se revolvía las manos constantemente, escondía los ojos y luego los desviaba hacia los lados. Intentó cerrarlos, pero el pito de la tetera la despertó deliberadamente. No podía evitarlo, lo buscaba por instinto. Y cuando finalmente lo encontró colgando de la pared de la sala emitió un grito.


Roxana dejó la tetera y se dirigió a ella. También vio el retrato, pero se fijó especialmente en su mirada. En ella vio el reflejo de unas manos pálidas sujetándole por el cuello con extrema resistencia hasta reventarle los ojos. El rostro que lo hacía le sonreía, pero antes de descubrir su identidad, cayó al suelo.


Paula disfrutó la compañía de Roxana más que nunca. La cubrió de besos y abrazos y permaneció así por alrededor de quince minutos. Luego se dirigió a la cocina y bebió una taza de café.




 

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1 comentario

  1. Entropía de letras se esta convirtiendo en mi blog favorito

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