Breve
introducción
Sexo, mentiras y videos es una película estadounidense de 1989 dirigida por el entonces desconocido Steven Soderbergh, de tan solo 26 años, y cuenta la historia de 4 personas. Por un lado, tenemos a la pareja de esposos, Ann y John Mullaney, que tienen problemas en la intimidad, y del otro tenemos a Cynthia y Graham, la hermana de Ann y un viejo amigo de John, respectivamente.
John es un abogado en ascenso, quien se jacta de tener a cualquier mujer a su disposición; esto luego de haberse casado con Ann. Como era de esperarse, él y Cynthia mantienen un romance, mientras Ann asiste a terapia. Es allí cuando nos percatamos de que el tema del sexo produce cierta vergüenza en Ann, quien prefiere hablar de otras preocupaciones, como de la basura, o el hecho de que su esposo ha invitado a un viejo amigo a la casa sin su consentimiento. Este amigo es Graham, uno de los personajes más complejos de toda la película y de quien sabemos relativamente poco, salvo el hecho de que es impotente y de que se excita viendo videos de mujeres hablando de sexo.
Mi percepción
sobre la cinta
Me encontré con esta cinta por
mera casualidad, luego de ver un documental en Netflix donde se la mencionaba. Como
todo el mundo que llegó a verla la primera vez, llegué motivada por el morbo,
pues debo reconocer que posee un nombre bastante llamativo; el que, de entrada,
te lleva a pensar en las cosas que verás en ella.
Nada más fuera de la realidad.
Sexo, mentiras y videos es una película que habla del sexo, sin mostrar una
sola escena sexual. Porque, a pesar de que el tema principal sí es el sexo, no
contiene el tipo de secuencias que normalmente nos imaginamos cuando hablamos
de ello; y he ahí su magia.
Esta es una sociedad que nos ha
llevado a creer que el sexo es solo algo físico, algo que el cuerpo siente y
experimenta. Que de sexo no se habla, solo se disfruta. Que existen poses,
tamaños, duraciones y otras cosas, pero no hay que ir más allá.
A veces la primera experiencia
sexual de una persona viene de los rumores, de lo que otros dicen que es, y si
no es así, viene del porno, un entretenimiento visual, en el que las palabras y
los diálogos simplemente sobran, allí solo importa la acción.
Todos vemos y consumimos el sexo
de otras fuentes. Y de acuerdo a esas fuentes nos hacemos una idea de cómo debe
ser y de cómo debemos disfrutarlo.
Ahí está que como mujeres
pensamos en el tamaño del miembro viril, mientras los hombres piensan en las
poses y en la duración.
La sociedad crea reglas sobre el
sexo que todos “debemos cumplir”. Te dice que lo que produce placer es esto y
no lo otro, y que si te gusta algo diferente estas mal. Sin saberlo, nos hemos
creado complejos sobre el sexo. No por hablar de él, sino por no saber hablar
de él.
Como sociedad, dejamos atrás una
cosa: la otra cara del sexo, aquella de la que nadie habla, porque no es tan
llamativa, porque implica comunicarse, implica exponer debilidades y complejos.
¿Para qué hablar si solo venimos a coger?
Sexo, mentiras y videos habla de
esa otra cara del sexo. De ese lado vergonzoso, poco atractivo y a veces hasta
patético. Nos vuelve la vista a la realidad para recordarnos que el sexo puede
producirte un placer físico, sin producirte ningún placer emocional.
Cuando Graham llora escuchando la
confesión de la hermana de Ann mientras se masturba, me hizo pensar en todos
esos hombres que dicen sentirse culpables luego de tocarse. Y también me hace
preguntarme, ¿qué los lleva a sentirse así?
Es triste pensar que buscamos
sexo para complacer a nuestro cuerpo, pero nunca a nuestra mente. Y que luego
de obtenida la recompensa física, la emocional se siente desatendida.
Mi experiencia como demisexual me
ha permitido ver el sexo de forma distinta. He visto como pasa de ser algo vergonzoso
de admitir, a ser algo de lo que hay que presumir.
Yo, la mojigata, la Ann de la
historia, la supuesta chica que necesita ir a terapia porque no tiene un deseo sexual
tan febril como el resto, puedo decir que he tenido más placer sexual y he
disfrutado más del sexo que la mayoría de mis conocidas.
He tenido más orgasmos y me siento más satisfecha con mi cuerpo y con mi propia sexualidad, porque no se trata de la cantidad de sexo que haya tenido, no se trata de cuántos penes he visto, ni qué tan duro me lo han hecho.
Como Ann, llegué a sentir que no
encajaba, que la sociedad sobreestimaba el sexo y que era algo que, si podía
evitarse, antes mejor. Pero la realidad era que tanto Ann como yo, no habíamos
conocido a la persona adecuada.
Desde el momento en que Graham
llega a su casa, se preocupa por Ann. Él ve en ella la necesidad de sentirse
amada. A diferencia de John, Graham aprecia la belleza de Ann y prioriza su
comodidad, sin llegar a mentirle al respecto.
―¿Me has imaginado a mí?―le
pregunta ella.
―He imaginado como te verías
teniendo un orgasmo―le dice Graham.
Graham no juzga a Ann por
sentirse cohibida respecto al sexo, no la trata como el resto, como su esposo o
su hermana, que solo se ríen de ella y la tildan de monja a sus espaldas.
Graham, más allá de ser un gran
observador, también es bueno escuchando. Él sabe lo que la mayoría de hombres
ignora: que el placer femenino está en saber escuchar las necesidades de la
mujer.
Gracias a las cintas de video,
Graham ha podido establecer conexiones mucho más íntimas con las mujeres
entrevistadas que las que hubiera conseguido de haberse acostado con ellas.
Y esto queda reflejado en su
breve encuentro con Cynthia, quien además de hablarle de sus primeros
encuentros sexuales y su notoria envidia hacia Ann, al final de la “charla”, se
encuentra tan excitada que procede a llamar a John. De nuevo, esto nos
demuestra que el placer sexual depende mucho más de las conversaciones que los
encuentros casuales.
Sin embargo, Graham tiene sus
propios problemas, sus propios complejos. Por eso, cuando Ann enfoca la cámara
y lo expone, él solo busca la forma de huir, de cubrirse. Le avergüenza hablar
de sí mismo, porque nunca se ha tratado de él, siempre se ha tratado de las
mujeres de sus cintas.
Ann es la primera que escucha a
Graham, la primera que intenta conocer la razón tras las cintas y la primera
que lo cuestiona sin juzgarlo. Y entonces deja ver uno de los problemas más
complejos relacionados con el sexo: las emociones masculinas.
Conversando con mi pareja actual
me doy cuenta de que los hombres también la han tenido difícil. Que existe una
especie de desinformación que ronda de boca en boca sobre lo que es correcto y
lo que no.
Si no se te para eres un maricon
y si duras poco es que no tienes autocontrol. Casi parece una lucha de poderes,
por ver cuál de ellos es el macho más alfa.
El hombre pequeño, el delgado,
ese con aspecto de mujer, no es lo suficientemente hombre para complacer a una
mujer, pues mientras más grande, mientras más rudo, mientras más fuerte, mejor
será en la cama. Los hombres del porno son así, ¿no? ¿Por qué el porno les
mentiría?
Pero lo hace, miente, como John
le miente a su esposa. Lo que Graham odia más allá de los abogados, son los
mentirosos y sabe que su viejo amigo lo es. Sabe que detrás de ese traje y ese
cuerpo fornido se esconde un cobarde. Incluso Cynthia lo sabe, cuando le dice
que confía más en Graham que en él.
John representa a todos esos
hombres que tienen el ego enorme, que creen saberlo todo, cuando en realidad,
nunca han hecho venir a una mujer en su vida. Sin embargo, las mujeres se siguen
rindiendo por él y deciden buscarlo para la intimidad solo porque el mundo les
ha hecho creer que son un buen partido.
Mi ex era así: alto, imponente,
con el ego demasiado grande, tan grande, que no había en su mente espacio para
mi placer. Si yo antes ya rechazaba el sexo, él solo me hizo reafirmarme en mi
dicho.
Pero mi novio, así como el propio
Graham, es distinto. Y por primera vez siento una comodidad al hablar de sexo
que no sentía antes. Ahora puedo venirme sin sentirme culpable, sin sentirme
sucia o desagradable. Él me hace sentir en paz, me hace sentir a gusto con lo
que soy.
Lo curioso es que él, al igual
que Graham, venía de un pasado tormentoso, de experiencias sexuales
traumatizantes que lo habían hecho cohibirse. Una de estas cohibiciones era la
de no hablar de sí mismo, ni de sus necesidades físicas, mucho menos
emocionales.
En su pasado, estuvo con mujeres
que lo hacían sentir como si su única función en la relación fuese darles placer,
de tal modo que, cuando no podía cumplir el papel, lo tildaban de inservible,
como si de un objeto desechable se tratara y no de un ser humano.
Escuchar eso fue difícil, sobre
todo viniendo de una persona que hoy se esfuerza hasta la saciedad por hacerme
sentir bien. No podía creer que alguien que me hace sentir increíble no hubiese
recibido lo mismo a cambio en el pasado.
A veces nos olvidamos de que
nuestra pareja no es nuestro esclavo, ni nuestro sirviente, ni mucho menos un objeto
del cuál disponer. No siempre se trata de mis necesidades o las necesidades de
los otros, debe haber un término medio, un equilibrio en el que ambas partes
reciban y den.
Él y yo podemos pasar horas
hablando del sexo. Del sexo que ambos disfrutamos, del sexo que queremos
experimentar y del sexo que nunca tuvimos.
No nos mentimos, tratamos de ser
honestos sobre cómo nos sentimos, así conseguimos conectar de forma más
íntimamente. En ese caso, ¿quién necesita tener a cientos de hombres a su
disposición? Yo solo necesito tener al indicado y él lo es.
Ann necesitaba a Graham en su
vida para entender que ella no era el problema en su relación con John. Mientras
Graham necesitaba de Ann para entender que está bien tener complejos. Que las
inseguridades se tratan hablando, no dejándolas pasar.
En definitiva, Sexo, mentiras y
videos es una de las películas más humanas y realistas que he visto, una que replantea
mi visión sobre el sexo y desmiente las creencias que rondan respecto a él.
Podría decir mucho más, pero te
invito a que la veas y la experimentes por ti mismo/a.



