Todo iba bien, hasta que empecé a
notar que la señora que estaba detrás de mí adelantaba su carrito cada tanto,
hasta el punto de que, cuando era mi turno de pasar, ella se encontraba prácticamente
delante de mí.
Antes de que ocurriera lo que se
imaginarán, me atreví a decirle: «Claro, yo voy primero». Solo esta frase bastó
para que la señora se enojara, llegando a decirme cosas como: «culicagada, yo
podría ser su madre».
Y cuando le pedí respeto, me
contestó: «pues no joda». Este episodio, además de molestarme, me hizo recordar
aquel dicho que todo joven ha escuchado alguna vez: «debes respetar a tus
mayores».
Me parece curioso que los mayores
exijan respeto a los más jóvenes, cuando ellos mismos no son respetuosos con
quienes los rodean.
Por esta y otras razones, considero
que esta regla está mandada a recoger, y más bien propondría esta a cambio:
todos merecemos respeto por el hecho de ser personas.
Los adultos no merecen más
respeto que los niños, ni los ancianos más respeto que los jóvenes. Y créanme
cuando les digo que esto es algo que he tenido que entender a las malas.
Durante muchos años permití que
personas adultas me faltasen al respeto solo por el hecho de que fueran
mayores; tan solo por cumplir esta norma absurda.
La cuestión empeora cuando ese
mayor se trata de algún familiar o alguien que vemos constantemente en nuestra
vida diaria.
De hecho, fue gracias a una tía
que entendí que debía darme mi lugar y hacerme respetar, incluso si ella
representaba una figura de autoridad dentro de mi familia.
Escúchame bien, nadie tiene el
derecho de faltarte al respeto, no importa la edad que tengas, el respeto es un
derecho con el que naces, porque es un derecho inherente a todas las personas.
Por otro lado, ser mayor que
alguien no te da la autoridad de tratarlo mal para luego exigir un trato
considerado, eso no es equitativo.
Hace unos días atrás, me aterré
de toparme con tantos comentarios de hijos e hijas contando las veces en las
que su madre los trató mal, los golpeó o los humilló estando en «ejercicio de
su autoridad».
Es triste pensar en las golpizas
que nos dieron nuestros padres. En mi caso, aunque tuve apenas un par de
encuentros con el cinturón, todavía recuerdo el dolor que sentía.
Con esto puedo entender por qué
tantos millennials han decidido criar a sus hijos sin golpizas y también por
qué tantos otros defienden todavía estos métodos.
Son dos formas distintas de
tratar el trauma: mediante la aceptación o la negación. Los últimos, son los
que creen que es lo «justo», porque «si yo lo viví, mi hijo también debe
vivirlo».
Pero en realidad no es justo, no
lo fue desde un inicio. Nadie tiene derecho a golpearte, nadie, ni tus padres,
ni tus tíos, ni tus abuelos.
Cada vez me queda más claro que existen otras formas de educar a los hijos que no derivan en maltrato.
Las heridas físicas duelen, pero
desaparecen a las semanas. Sin embargo, el dolor emocional, ese que se deriva
del odio, de la ira o la humillación provocada por un ser cercano, ese dolor no
se quita, no hay forma de borrarlo, no desaparece con el tiempo.
¿Duele todavía? Seguro que sí y
está bien, no eres el único. Saber que eso pasó y que te lastimó te ayuda a no
continuar con el ciclo.
Rompe esa cadena de malos tratos,
que el irrespeto no lo herede la siguiente generación. Si no fue justo para ti,
no lo será tampoco para tus hijos o las personas menores que tú.
Tampoco odies a tus padres,
piensa que seguro para ellos fue peor. Antes ni siquiera existían instituciones
que protegieran a los niños, esas recién aparecieron por los años 70 u 80 y no
eran ni la mitad de lo que son hoy en día.
Haz que tu generación promueva el
respeto hacia los demás, porque nadie está por encima de otros, ni por
cuestiones de edad, ni sexo, ni religión, ni política.
Ten en cuenta, claro está, de que
existen personas que tienen condiciones especiales (estado de embarazo, enfermos,
adultos mayores, etc.) que hacen que debamos tratarlas con un grado mayor de
consideración y paciencia que al resto.
Lo cual no significa que debamos
colocarlas por encima de nosotros, pues el hecho de que alguien esté enfermo no
le da la autoridad de insultarte.
Lo mismo pasa con los adultos
mayores y aquí si que he tenido más de una experiencia, sobre todo con hombres.
Estos «machistas envejecidos» se
acostumbraron a ser atendidos por mujeres y a ser obedecidos en todo.
No importa si vivieron en otras
épocas, esto no es excusa para faltarle el respeto a una mujer, menos a una
joven, porque precisamente esa forma de pensar ha permitido que muchas niñas
sufran lo que es la violencia sexual.
Y cómo los escucho quejarse de la
sociedad de ahora: «estos jóvenes ya no respetan a los mayores. En mi época, le
contestaba a mi papá y me rompía la mandíbula», por no usar otras palabras.
Mi amiga me contaba cómo había
tenido que aguantarse a un viejito quejándose de que las enfermeras no sabían
hacer nada y que por eso él pedía que le asignaran a un enfermero.
Muchas veces son los adultos de
la tercera edad los primeros en lanzar la piedra, para luego exigir
consideración y buen trato.
Sí, debemos ser pacientes con
ellos, pero una cosa es ser paciente y otra tolerar que nos falten al respeto.
Sin embargo, esta no es una
invitación para estar a la defensiva, todo lo contrario, es una invitación para
promover la convivencia.
Yo consideraba que por ser joven
o ser pequeña o incluso ser mujer debía permitir ciertas conductas; después de
todo se trataba de personas mayores que yo, personas que sabían lo que hacían,
¿o… no?
No lo creo. Ya no creeré en ello
nunca más.

