Hace
unos días, hablando con una amiga, le mencioné que uno de mis compañero de la
universidad se «murió». Lo dije así, directamente, porque eso fue lo que pasó.
A lo que ella me dijo que estaba siendo algo brusca y que podía haber elegido un
sinónimo como «fallecer».
Me
reí con el comentario, pero esto me puso a pensar en lo mucho que nos
esforzamos hoy por medir nuestras palabras. Una motivación que proviene, quizás,
del miedo a ser cancelados.
En
un contexto social puedo entenderlo; no siempre podemos emplear el mismo tipo
de vocabulario cuando hablamos, todo depende del entorno, de la persona y de
las circunstancias.
Todo
hubiera quedado ahí de no ser porque descubrí que esta «censura automática» la
estaba empleando a mis textos literarios; y esto sí que me hizo replantearme
todo.
Actualmente,
estoy en el proceso de corrección de mi nueva novela. Aunque no está terminada,
quería detener mi escritura para revisar algunos puntos de coherencia; lo cual
implica también un proceso de reescritura en algunos casos.
La
cuestión es que me topé con un fragmento narrativo en el que describía la
muerta de una infanta, y por alguna razón durante la reescritura me sorprendí
tratando de evitar la palabra «dolor».
«Dolor
no es una palabra muy literaria», me dije a mí misma, pero ¿no era acaso la
mejor forma de describir lo que el personaje estaba sintiendo? Además de que
era el personaje quien contaba su experiencia, pues era ella quien hablaba.
Entonces
me puse a pensar en que el cerebro humano tiene la capacidad de recrear
experiencias de vida cuando leemos o incluso cuando escuchamos un relato,
porque se activan zonas relacionadas con la memoria episódica o anecdótica. Lo
cual es increíble, porque es lo que nos permite sentirnos identificados con una
historia u otra.
Y
recordé todos estos podcast en donde las personas cuentan alguna experiencia
traumática o dolorosa. Muchas de ellas ni siquiera son expertas en oratoria o
redacción y, aun así, la sinceridad de sus palabras logra trasmitirte algo.
Basta
con mencionar la palabra «dolor» para que el cerebro procese la sensación en
nuestra mente. Y es que el dolor no tiene un definición clara en un sentido
estricto. Lo que es dolor para mí, puede no ser doloroso para alguien más. Es
un sentimiento tan personal, tan propio.
Claro,
yo podría describirlo como una sensación de vacío en el pecho o ausencia de
aire, pero siendo francos me quedaría corta.
¿Cómo
describirías sino el dolor de perder un hijo más que como un dolor intenso?
¿Acaso no tenemos la capacidad de recrear una sensación similar incluso si no
hemos pasado por eso?
Creo
que hay algunas cosas que no necesitan ser explicadas hasta en el más mínimo
detalle. Basta con mencionar palabras puntuales que revivan recuerdos en los
lectores.
Lo
sé, lo experimenté leyendo a Ana Karenina. ¡Los celos y la inseguridad de Ana
se trasmiten tan bien! Porque, ¿quién no se ha sentido así alguna vez?
Los
sentimientos son complejos. Como escritores no es nuestra obligación decirles a
los lectores cómo deben sentirse todo el tiempo.
Es
cierto, esto puede jugarnos en contra, porque los lectores no siempre tendrán
recuerdos de las experiencias narradas. Pero cuando sí, el texto se siente
personal y creo que esa conexión es lo más importante.
A
veces nos matamos tratando de encontrar las palabras correctas, cuando en
realidad conocemos la palabra exacta, aquella que lo enmarca todo.
¿Por
qué entonces censurarnos? ¿Por qué no hablar de ello? ¿Por qué evitarlo?
Si
no aprendemos a incomodarnos, quizás nunca aprendamos cómo hablar de las cosas
importantes… y necesitamos hacerlo.

