Redes sociales

Escríbeme un mensaje Sígueme en YouTube Sígueme en Facebook Sígueme en Tiktok Sígueme en Wattpad Sígueme en Instagram Sígueme en Threads

No a todo le debemos asignar un sinónimo

 


Hace unos días, hablando con una amiga, le mencioné que uno de mis compañero de la universidad se «murió». Lo dije así, directamente, porque eso fue lo que pasó. A lo que ella me dijo que estaba siendo algo brusca y que podía haber elegido un sinónimo como «fallecer».


Me reí con el comentario, pero esto me puso a pensar en lo mucho que nos esforzamos hoy por medir nuestras palabras. Una motivación que proviene, quizás, del miedo a ser cancelados.


En un contexto social puedo entenderlo; no siempre podemos emplear el mismo tipo de vocabulario cuando hablamos, todo depende del entorno, de la persona y de las circunstancias.


Todo hubiera quedado ahí de no ser porque descubrí que esta «censura automática» la estaba empleando a mis textos literarios; y esto sí que me hizo replantearme todo.


Actualmente, estoy en el proceso de corrección de mi nueva novela. Aunque no está terminada, quería detener mi escritura para revisar algunos puntos de coherencia; lo cual implica también un proceso de reescritura en algunos casos.


La cuestión es que me topé con un fragmento narrativo en el que describía la muerta de una infanta, y por alguna razón durante la reescritura me sorprendí tratando de evitar la palabra «dolor».


«Dolor no es una palabra muy literaria», me dije a mí misma, pero ¿no era acaso la mejor forma de describir lo que el personaje estaba sintiendo? Además de que era el personaje quien contaba su experiencia, pues era ella quien hablaba.


Entonces me puse a pensar en que el cerebro humano tiene la capacidad de recrear experiencias de vida cuando leemos o incluso cuando escuchamos un relato, porque se activan zonas relacionadas con la memoria episódica o anecdótica. Lo cual es increíble, porque es lo que nos permite sentirnos identificados con una historia u otra.


Y recordé todos estos podcast en donde las personas cuentan alguna experiencia traumática o dolorosa. Muchas de ellas ni siquiera son expertas en oratoria o redacción y, aun así, la sinceridad de sus palabras logra trasmitirte algo.


Basta con mencionar la palabra «dolor» para que el cerebro procese la sensación en nuestra mente. Y es que el dolor no tiene un definición clara en un sentido estricto. Lo que es dolor para mí, puede no ser doloroso para alguien más. Es un sentimiento tan personal, tan propio.


Claro, yo podría describirlo como una sensación de vacío en el pecho o ausencia de aire, pero siendo francos me quedaría corta.


¿Cómo describirías sino el dolor de perder un hijo más que como un dolor intenso? ¿Acaso no tenemos la capacidad de recrear una sensación similar incluso si no hemos pasado por eso?


Creo que hay algunas cosas que no necesitan ser explicadas hasta en el más mínimo detalle. Basta con mencionar palabras puntuales que revivan recuerdos en los lectores.


Lo sé, lo experimenté leyendo a Ana Karenina. ¡Los celos y la inseguridad de Ana se trasmiten tan bien! Porque, ¿quién no se ha sentido así alguna vez?


Los sentimientos son complejos. Como escritores no es nuestra obligación decirles a los lectores cómo deben sentirse todo el tiempo.


Es cierto, esto puede jugarnos en contra, porque los lectores no siempre tendrán recuerdos de las experiencias narradas. Pero cuando sí, el texto se siente personal y creo que esa conexión es lo más importante.


A veces nos matamos tratando de encontrar las palabras correctas, cuando en realidad conocemos la palabra exacta, aquella que lo enmarca todo.


¿Por qué entonces censurarnos? ¿Por qué no hablar de ello? ¿Por qué evitarlo?


Si no aprendemos a incomodarnos, quizás nunca aprendamos cómo hablar de las cosas importantes… y necesitamos hacerlo.




Entradas que pueden interesarte

Sin comentarios