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Mientras conducía, Wilfredo pensaba en lo siguiente que haría. Trabajaría hasta la tarde, recogería a los niños del colegio y quizás les compraría un helado.
Faltaban al menos doce horas para el regreso de su esposa, y hasta entonces, todo debía permanecer en orden.
Estacionó el auto y escuchó los ladridos de Perchas. Lo maldijo para sus adentros, como odiaba a aquel animal. Cuando sus hijos le pidieron un perro, se empeñó en escogerles el más viejo y enfermo esperando preparar su entierro antes del año, pero de eso ya hacia cinco.
Apenas entró a la casa, Perchas saltó sobre él y le lamió la mano. Lo apartó con asco y descargó las bolsas en la mesa, pero al momento volvió a sentirlo frotándose contra su pantalón. Esta vez, lo miró con más curiosidad que con enojo. Desde que lo había comprado nunca lo había visto actuar de esa manera. Sus cuidados para con él se limitaban a comprarle concentrado, que igual rechazaba en la espera de comida para humanos. Nunca se había tomado la molestia de echarle agua, sacarlo a pasear, acariciarlo o siquiera mirarlo. Lo cierto es que se odiaban en silencio, pero dada su cohabitación, no tenían más alternativa que soportarse.
Se rio de él, le dio un puntapié y siguió organizando. Cuando hubo terminado se centró en su trabajo. Acomodó un grupo de carpetas sobre la mesa y encendió el portátil. A la media hora sacó un cigarrillo. Perchas seguía por allí, y aunque le lanzase miradas de vez en cuando, evitaba acercarse. De pronto comenzó a saltar, o más bien parecía intentar caminar sobre sus patas. Movía el hocico y batía la cola. Solo le hacía falta hablar, pensó.
Se acercó, lo tomó del cogote y lo alzó sobre sí. Comenzó a balancearlo y se burló de él tanto como pudo. El perro comenzó a llorar, hasta que Wilfredo finalmente lo soltó, y con una sonrisa volvió a su trabajo.
Iban a ser las doce cuando terminó. Se estiró en su silla y fue a mirar el almuerzo. Pintaba bien. Los niños saldrían en una hora y todo había resultado según lo planeado.
Regresó sonriente al comedor, pero su felicidad se esfumó al ver a Perchas sobre la mesa sosteniendo una crayola al lado de sus documentos y carpetas aruñados.
No lo pensó demasiado, se precipitó a él, rodeó su cuello con las manos y comenzó a estrangularlo. El animal no opuso resistencia y finalmente se derramó sobre la mesa. Entonces lo envolvió, y mientras pensaba en qué excusa inventaría, sonó su teléfono.
Atendió. Era la maestra de su hijo. Lo habían suspendido dos semanas por morder a un estudiante.
Wilfredo colgó antes de que terminara la explicación y se acercó a la mesa. Sostuvo al perro entre sus manos y comenzó a llorar mientras lo mecía cariñosamente. Las carpetas cayeron al suelo y en una de ellas podía leerse con algo de dificultad: “soy yo…”


Un buen cuento, con un final trágico y impactante que te deja reflexionado un rato.
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